Cuando a poco de las elecciones municipales seguían las calles tomadas por gentes de todas las edades, gustos y colores, los políticos de derecha e izquierda y su séquito de periodistas, trataban de analizar sin mucho éxito que estaba pasando. Y digo “sin mucho éxito” porque tanto los unos como los otros buscaban, en esos movimientos, una ideología determinada, unos líderes concretos, unos organizadores… Trataban, en fin, de analizar un tipo de movimiento al uso, tal y cómo hasta la fecha estábamos acostumbrados. Al poco cayeron en la cuenta, no sin cierto recelo, que las nuevas formas de comunicación, las redes sociales y, en definitiva, lo que se ha dado en llamar la cultura 2.0 han permitido canalizar y organizar de forma descentralizada un sentimiento generalizado de descontento y descreimiento en la política, acrecentado por el oscuro panorama de la Crisis.
