Mucho se ha discutido y discute, entre los
amantes de la Naturaleza, sobre la caza. Sus defensores y detractores esgrimen buenas razones para ensalzarla o condenarla. Todo tiene su explicación y, por lo tanto, se puede justificar… otra cosa es que
sea condenable o no. Esto último, por lo general, depende del contexto.
Hace pocos meses se hablaba de
los awás, una tribu amazónica amenazada por la expansión de nuestra
civilización. En un noticiario de televisión les dedicaron algunos minutos: los
awás, se veían aún gente sana y fuerte, sonrientes, conocedoras de su medio del
cuál obtenían todo cuánto necesitaban, utilizaban un gran abanico de plantas,
pescaban y cazaban, en concreto se les veía cazando monos. Esto último no les
convertía automáticamente en seres insensibles hacia los monos y sus necesidades… En una imagen estupenda e impactante –cierto
que una imagen vale más que mil palabras- se podía ver como una mujer awás
amamantaba de su propio pecho a una cría de mono que había dejado huérfana un
cazador de la tribu. En este contexto la caza se entiende y justifica
perfectamente y sin problemas, es pura supervivencia, no hay nada más que decir.
El tema de la gestión de la fauna
también resulta controvertido. A veces por razones de interés puramente humano –como
el de los ganaderos y el lobo en Picos
de Europa-, otras por cuestiones de conservación.
Si hay un conflicto de intereses entre
los humanos y otros animales, siempre trataremos de salir beneficiados, aunque
eso no sea justo ni equilibrado en términos ecológicos ni éticos… Por ejemplo en
Montserrat cada año se “controla” la
población de cabras montesas para que no molesten a escaladores, excursionistas y paseantes… En
Picos de Europa se han saltado a la torera la protección del lobo para tratar
que 300 ganaderos no tengan pérdidas económicas por su causa.
Mantenemos muchas
especies al borde de la supervivencia y la extinción en estrechas franjas de
bosque, en parques y zonas perfectamente
delimitadas, si alguna asoma la cabeza
fuera de esos límites… ¡zas! No sólo porque a muchos humanos les resultan una
amenaza a sus intereses o tranquilidad… nuestras ciudades, vías de comunicación
y transporte son totalmente
incompatibles con su presencia.
A nivel de conservación, las
especies invasoras y sus posibles –aunque difícilmente probables- peligros son
tratadas a tiro limpio… ¿El fin justifica los medios? Pues a veces sí y a veces
no… Si ningún animal se hubiera desplazado de unas zonas a otras jamás se
habría producido la dispersión natural que es parte de la evolución de las
especies, así que no tiene porqué ser necesariamente problemático en todos los
casos. Sin embargo, esta dispersión se produce por nuestra causa a un ritmo
acelerado… muchas especies invasoras viajan en tren, barco y avión. Así que tratamos de paliar este excesivo tráfico para evitar problemas que después nos
superen.
Por más que nos apene matar a ciertos animales, a veces no hay más
remedio…
Por otra parte, cuando valoramos
la posibilidad de que nuestro sistema caiga e intentamos imaginar cómo
sobrevivir en esas circunstancias…. Entonces uno piensa que quizá mejor que
algunos de nosotros conserven el conocimiento de las artes de caza… ¡por lo que
pueda llegar a pasar! ¡¿Qué comeríamos si no se abastecieran los supermercados?!
Claro que con la fauna que nos queda tampoco daría para alimentarnos a todos
cazando.
A pesar de todo, sinceramente, a
mi lo de la caza siempre me ha parecido algo terriblemente trágico… Pero es que
todo tiene su contexto.
Yo nací en una ciudad, en cuyos
márgenes degradados abundaban a penas algo más que lagartijas e insectos y por
cuyas calles vagabundeaban perros y gatos hurgando en las basuras – que cada
noche se bajaban y apilaban, religiosamente, al lado del portal-, desesperados
por hallar algún hueso o chusco de pan. Eran animales hambrientos y asustados,
sucios y seguramente enfermos… se les veía en un estado realmente lamentable. A
mi me apenaba enormemente verlos así y no entendía que para más inri algunos
los maltrataran y mataran por pura diversión… desde mi mirada infantil me parecía de una
crueldad brutal, desgarradora… e inaceptable!
No había visto jamás otro tipo de fauna;
excepto en el zoológico, una vez. Fue una experiencia contradictoria: por un
lado me fascinaba ver a toda aquella variedad de animales… pero, por otra, me
apenaba verlos encerrados, limitados sus movimientos, tristes, apáticos,
nerviosos o enfadados por su situación.
Los programas de Rodriguez de la Fuente
en tv nos mostraban una fauna salvaje libre, equilibrada, sana e integrada en
su medio. Tenía conocimiento de que esa fauna se refugiaba dónde podía… en aquellos bosques y parajes alejados de las
urbes y, sobre todo, de nosotros los humanos.
A diferencia de mis padres, que
vivieron de niños la guerra civil y la posguerra, yo nunca pasé hambre. En mi casa
había una nevera y siempre había algo
que comer… En todas las demás casas de
mi ciudad también había neveras con comida…
y sólo había que bajar a la tienda o al supermercado para recargarla. En
la ciudad nadie se sentía amenazado por ningún animal… el cuento de “Caperucita
Roja” no tenía ningún sentido a no ser que el lobo fuera en realidad algún que
otro humano disfrazado. No había ninguna necesidad de cazar: ni para
alimentarse ni para defenderse.
En las granjas de las afueras se
cebaban enormes cantidades de animales para nuestro consumo. Por las carreteras
pasaban camiones repletos de cerdos, gallinas, vacas… Esta sobreabundancia y
transporte me entristecía y repugnaba… pensaba que mejor vivirían libres aunque
un día murieran a causa de un disparo. Pero también sabía que gracias a eso
comía albóndigas, bistces y bocadillos de jamón, salchichón y chorizo.
Resumiendo, tenía todo lo
necesario: alimento y seguridad. ¿Qué
sentido tenía que unos cazadores fueran
a matar aquella fauna silvestre que, alejada, sólo trataba de sobrevivir lo más
escondida posible de nosotros? ¿Acaso no resultaba perverso que teniendo la
nevera y la barriga llenas siguiéramos persiguiendo animales? ¿Era razonable o
ético desestabilizar sus poblaciones hasta ese extremo, dejar sus familias
rotas, jóvenes huérfanos y adultos malheridos… sin más sentido u objetivo que
nuestro propio entretenimiento o diversión? Nosotros no somos awás, no vivimos en equilibrio y estrecho conocimiento con nuestro entorno y no necesitamos cazar.
Actualmente, ya no se dejan las
basuras al lado del portal… se recicla en contenedores cerrados y las ciudades
están más limpias… Pero las urbes, la industria y la contaminación han ido a
más y más... Los perros y gatos viven con nosotros y tratamos de cuidarlos
bien. Los esfuerzos de conservacionistas y ecologistas han conseguido recuperar
algunas especies de una extinción segura. Sin embargo una cantidad importante
de fauna salvaje ha desaparecido o está en peligro, y es que cada vez quedan menos
lugares dónde poder sobrevivir…
Pero, a pesar de la crisis, en Europa los
supermercados siguen llenos de comida y no nos faltan explotaciones intensivas
de ganado para consumo humano, ni pesca; y ahora, cada vez más, también piscifactorías…
En este contexto ¿tiene sentido ir a cazar o pescar?
En estos últimos años, la pesca
con caña y anzuelo se ha puesto de moda entre Calafell y Comarruga. Este verano
aún había más pescadores que el anterior… asaltan la playa, para tomar posiciones, antes
incluso de que se marchen los bañistas. Las gaviotas y algún correlimos que esperan pacientes a recorrer la orilla y las aguas bajas en
busca de alimento se encuentran también esta competencia desleal. Y yo me sigo
apenando, como cuando era niña…. hace ya...
No, no somos Awas. No mantenemos el equilibrio, al contrario, lo desequilibramos a nuestro favor. Es un negocio, y como tal lo mueve el dinero, solo el dinero. Saludos desde Ecija.
ResponderEliminarSaludos Pablo, y gracias por tu comentario.
ResponderEliminar